Si regular la palabra “terapeuta” es proteger al paciente,
entonces expliquemos algo.
¿Por qué un médico puede hacer un curso de acupuntura de fin de semana
y colgarse el cartel de “médico acupuntor”…
mientras otros llevamos diez años estudiando Medicina China
y seguimos siendo “alternativos”?
Curioso, ¿no?
He leído el post que pide regular la palabra “terapeuta”.
Y entiendo el miedo. Lo entiendo de verdad.
La vulnerabilidad existe.
El intrusismo existe.
El daño mal hecho existe.
Pero también existe otra cosa.
El corporativismo disfrazado de ética.
Porque la pregunta no es solo:
“¿Debería regularse la palabra terapeuta?”
La pregunta incómoda es:
¿Quién decide quién puede usarla?
¿El colegio profesional?
¿El ministerio?
¿La universidad?
¿Un comité con bata blanca que nunca ha pisado una consulta real fuera del protocolo?
Te lo digo claro.
El problema no es la palabra.
El problema es el poder de acreditación.
Porque “formación mínima acreditable” suena muy bien…
hasta que preguntas:
¿Acreditada por quién?
¿Con qué criterios?
¿Desde qué paradigma?
¿Con qué intereses?
Hay profesiones regladas que tiemblan.
No por el daño al paciente.
Sino por algo más sutil:
que alguien fuera del sistema lo haga mejor.
Que conecte mejor.
Que acompañe mejor.
Que tenga resultados que no caben en un paper.
Y eso incomoda.
Mucho.
Yo trabajo con terapeutas todos los días.
Psicólogos, médicos, coaches, bioneuroemoción, sanitarios, no sanitarios.
¿Sabes cuál es el verdadero problema?
No es la falta de regulación.
Es la falta de claridad.
Hay psicólogos brillantes y psicólogos peligrosos.
Hay terapeutas sin título universitario con una ética impecable.
Y hay titulados que no deberían tocar una historia de trauma ni con guantes.
El título no garantiza competencia emocional.
La ley no garantiza presencia.
La regulación no garantiza conciencia.
Ahora bien.
¿Hace falta ordenar el lenguaje? Sí.
¿Hace falta diferenciar acompañamiento de intervención clínica? Por supuesto.
¿Hace falta proteger al paciente? Siempre.
Pero cuidado con esto:
Regular una palabra no sustituye la responsabilidad individual.
Y convertir el debate en “título sí / título no” es simplificar un problema complejo.
Porque entonces tendríamos que regular también:
Quién puede llamarse “coach”.
Quién puede llamarse “mentor”.
Quién puede llamarse “formador”.
Quién puede abrir un podcast sobre salud mental.
Y el mundo no funciona así.
La conversación que nadie quiere tener es esta:
¿Tenemos miedo al intrusismo…
o tenemos miedo a perder el monopolio?
¿Nos preocupa el paciente…
o nos preocupa que el mercado se diversifique?
Y si hablamos de acreditación, hablemos en serio.
Si yo he estudiado diez años Medicina China,
¿mi formación vale menos que la de un curso exprés con sello universitario?
¿Dónde está el límite?
¿En las horas?
¿En el temario?
¿En el logo que aparece en el diploma?
Si eres profesional sanitario o terapeuta,
esto te toca.
Porque tarde o temprano alguien cuestionará tu legitimidad.
Por tu enfoque.
Por tu metodología.
Por no encajar en la ortodoxia.
Y ahí es donde el debate deja de ser teórico.
Se vuelve personal.
Yo no estoy en contra de regular.
Estoy en contra de usar la regulación como arma de exclusión.
Nombrar bien es cuidar.
Sí.
Pero también lo es reconocer que la competencia no siempre vive donde vive el título.
Y si de verdad queremos proteger al paciente,
empecemos por elevar la ética, la supervisión real, la transparencia y la responsabilidad.
No solo el carnet.
Porque el carnet,
no abraza.
Nos leemos.
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