No te hablamos desde la teoría, te hablamos desde dentro de la profesión

Deja de luchar para sobrevivir a tu vocación. Puedes volver a disfrutarla.

Empecé a pasar consulta hace más de 15 años.
Acababa reventaica muchas veces.

No era por ser tan buena persona que me desviviera por ayudar a los demás.
Era porque me encontraba con pacientes que me cuestionaban lo que sabía,
que no respetaban mi tiempo,
que traían silencios, resistencias y explosiones emocionales para las que no tenía escudos.

Sabía que podía ayudar. De hecho, lo hacía.
Pero mi confianza dependía de cómo tuviera el día,
de cómo había ido la consulta anterior,
de cómo estaba con mi pareja o del ciclo de la luna.

Con este follón, acababa pensando que si no daba el 200 %, no era suficiente.
Hasta que entendí que no era cuestión de hacer más, sino de sostenerme mejor.

Y no, eso no pasó por arte de magia.
Fue un proceso jodidamente intenso de trabajo emocional y de aprender a estar conmigo misma…
incluso cuando no tenía todas las respuestas.
Ni para ellos.
Ni para mí.

Pero mi experiencia profesional no se quedó en la consulta.

Durante ocho años trabajé enseñando metodologías de bienestar en formación de posgrado a personas que quieren obtener una cualificación profesional.
Y eso me puso delante de otra tesitura.
Porque allí no solo eres quien acompaña.
También eres quien enseña.
Quien explica.
Quien responde preguntas.
Quien se relaciona con compañeros y normas institucionales.
Quien tiene que demostrar que sabe.

Y quien está siendo observado constantemente.
Por tus alumnos.
Por tus compañeros.
Por tus clientes.
Por la institución.

Y, en cierta manera, por todos los que tienen que decidir si estás suficientemente cualificado para seguir haciendo ese trabajo.

Ahí también aprendí mucho sobre lo que significa sostenerse como profesional.

Porque puedes saber muchísimo y quedarte en blanco.
Puedes dominar una metodología y dudar de ti cuando alguien cuestiona tu manera de hacer.
Puedes estar cansado y tener que seguir presente.
Puedes estar siendo evaluado mientras intentas cuidar, enseñar y responder a las expectativas de todos los que tienes delante.

Y descubrí que había algo que atravesaba todos esos contextos:
la persona detrás del profesional.


Da igual que estés pasando consulta, formando a otros profesionales o trabajando dentro de una institución.
Tu manera de escuchar.
De responder.
De poner límites.
De gestionar lo que ocurre en una relación.
De ocupar tu lugar.
De sostener la incertidumbre.
Y de comunicar lo que sabes cuando estás bajo presión.

Todo eso también forma parte de tu trabajo.

Por eso hoy no enseño comunicación terapéutica como un conjunto de frases bonitas, técnicas para preguntar mejor o recursos para conseguir que el otro haga lo que tú quieres.

Eso sería quedarse en la superficie.

Te enseño a mirar qué ocurre contigo mientras comunicas.

Porque descubrí que cuanto más clara y en paz estaba yo, mejor podía comunicarme, conectar y tomar decisiones.
Cuando alineas lo que piensas, lo que dices, la manera en que escuchas y lo que proyectas, dejas de perder fuerza intentando sostenerlo todo.

La comunicación empieza a trabajar a tu favor.

Esto es lo que enseño ahora.
Y tiene una cosa mala.
O buena.
Te pone frente al espejo.

No para que hables más bonito.
No para que aprendas a parecer más seguro.
Sino para que, cuando te mires, no veas cómo te rompes mientras ayudas, enseñas o acompañas a los demás.

Te veas entero.
Te veas ocupando tu lugar.
Y puedas reconocer en ti lo que realmente da valor a tu trabajo:
la persona detrás del profesional.

Y sí.

Mirar hacia dentro a través de cómo comunicas hacia fuera remueve.

¿Te atreves?

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