Cómo se desarrolla la conciencia relacional en los profesionales del cuidado

Hay una habilidad que puede cambiar por completo la forma en la que un profesional del cuidado trabaja y, sin embargo, rara vez aparece como una asignatura.

Aprender a darse cuenta de lo que ocurre dentro de la relación mientras la relación está ocurriendo.

No me refiero a analizar cada gesto, interpretar cada silencio ni convertir una conversación en una investigación psicológica.

Hablo de algo bastante más incómodo: reconocer que el profesional también forma parte de la escena que está intentando comprender.

Y esto no se aprende de golpe.

La relación también forma parte del trabajo

Hildegard Peplau fue una de las autoras que más claramente situó la relación interpersonal en el centro de la práctica enfermera.

Para Peplau, cuidar no consistía únicamente en aplicar conocimientos o realizar intervenciones sobre otra persona. La relación entre profesional y paciente era también un espacio en el que ocurrían cosas que podían favorecer o dificultar el proceso de cuidado.

Ese cambio parece pequeño, pero no lo es.

Desplaza la mirada de:

“¿Qué le pasa a esta persona?”

a algo mucho más amplio:

“¿Qué está ocurriendo aquí y qué papel estoy ocupando yo en ello?”

Ahí empieza a aparecer la conciencia relacional.

El profesional no llega vacío a la relación

Cuando atendemos, llevamos con nosotros nuestra experiencia, nuestras expectativas, nuestras ideas sobre lo que significa ser un buen profesional y también nuestra manera habitual de reaccionar ante determinadas personas o situaciones.

Podemos sentirnos especialmente cómodos con algunos pacientes y tensarnos con otros.

Podemos apresurarnos cuando alguien se queda bloqueado.

Podemos explicar demasiado cuando sentimos que la otra persona no nos comprende.

Podemos querer resolver rápidamente cuando nos cuesta tolerar la incertidumbre.

Nada de esto convierte al profesional en incompetente.

Pero no darse cuenta de ello sí limita nuestra capacidad para comprender qué está pasando en la relación.

Carl Rogers ya señalaba la importancia de la congruencia, la comprensión empática y la aceptación en la relación terapéutica. No como simples técnicas de comunicación, sino como condiciones relacionadas con la manera en que el profesional está presente ante la otra persona.

Por eso la conciencia relacional no consiste únicamente en conocer mejor al otro.

También requiere conocerse dentro de la relación.

Y esto se desarrolla con práctica

La conciencia relacional no aparece porque alguien memorice una lista de habilidades comunicativas.

Se desarrolla a medida que el profesional aprende a hacer pequeños desplazamientos en su manera de mirar.

Deja de interpretar inmediatamente y aprende a observar.

Deja de considerar su propia lectura como la única posible.

Empieza a reconocer cómo participa en lo que está ocurriendo.

Aprende a distinguir entre lo que pertenece a la otra persona, lo que pertenece a sí mismo y lo que emerge de la interacción.

Y, sobre todo, empieza a incorporar el contexto.

Porque una relación profesional no ocurre en el vacío.

No es lo mismo atender a una persona en una consulta privada que hacerlo en una planta hospitalaria, en un domicilio, dentro de una institución, con una familia presente o bajo determinadas normas y jerarquías.

Esta dimensión contextual es precisamente una de las aportaciones importantes del trabajo de Doane y Varcoe sobre la práctica relacional: comprender a las personas dentro de los contextos y relaciones en los que viven, en lugar de reducir la situación a dos individuos aislados.

La conciencia relacional cambia la idea de competencia

Quizá por eso desarrollar esta capacidad implica algo más profundo que aprender a “comunicarse mejor”.

Un profesional puede conocer perfectamente una técnica y, aun así, no darse cuenta de que está entrando en una conversación desde la prisa.

Puede saber cómo poner un límite y no detectar que está poniéndolo desde la irritación.

Puede conocer muchas estrategias de empatía y, sin embargo, estar intentando convencer a la otra persona de que acepte su propia interpretación.

La competencia relacional empieza cuando podemos observar también desde dónde estamos haciendo lo que hacemos.

Y esto tiene una consecuencia importante:

el profesional deja de ser únicamente quien interviene sobre la relación y empieza a convertirse en alguien capaz de leer su propia participación en ella.

Ese cambio no elimina la incertidumbre.

Pero permite trabajar con ella de una manera mucho más consciente.

Y quizá ahí esté una de las diferencias entre aprender técnicas para relacionarse y desarrollar realmente una conciencia relacional profesional.

No se trata de controlar mejor la relación.

Se trata de aprender a verla mientras sucede.

Referencias
  • Peplau, H. E. (1992). Interpersonal relations: A theoretical framework for application in nursing practice. Nursing Science Quarterly, 5(1), 13–18.
  • Rogers, C. R. (1965). The therapeutic relationship: Recent theory and research. Australian Journal of Psychology, 17(2), 95–108.
  • Doane, G. H., & Varcoe, C. (2007). Relational practice and nursing obligations. ANS: Advances in Nursing Science, 30(3), 192–205.
  • Doane, G. H., & Varcoe, C. (2015). How to Nurse: Relational Inquiry with Individuals and Families in Changing Health and Social Contexts. Wolters Kluwer.
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