La vieja del visillo no vive sólo en los pueblecicos manchegos

Hay algo de lo que hablamos poco como profesionales del cuidado.

No es solo el paciente difícil.

Ni la agenda imposible.

Ni tener veinte cosas pendientes mientras intentas mantener la cabeza en su sitio.

A veces, lo que más desgasta es algo bastante menos visible:

no tener un lugar donde puedas decir cómo estás sin pensar quién podría enterarse.

El mundillo terapéutico tiene una peculiaridad curiosa.

En algunos sitios es tan pequeño que un paseo puede convertirse en una especie de festival de encuentros profesionales.

Te cruzas con tu supervisor.

Con quien fue tu profesor.

Con quien te deriva pacientes.

Con quien tú derivaste aquel caso.

Con alguien que conoce a alguien que conoce a alguien…

Y justo entonces llevas semanas pensando:

«Necesito hablar con alguien porque esta situación me está superando».

Maravilloso.

Y si decides entrar en terapia tú mismo, ya ni te cuento.

¡Qué ambiente tan relajante!

Así que hacemos lo que hacemos muchos profesionales cuando no tenemos un lugar suficientemente seguro:

sonreímos.

Decimos que todo bien.

Y guardamos bajo llave las dudas, los errores, el cansancio y las emociones que más necesitaríamos poder poner sobre la mesa.

No porque seamos deshonestos.

Porque da miedo.

Miedo a parecer incompetentes.

Miedo a que pedir ayuda se interprete como no estar a la altura.

Miedo a convertirnos en conversación de pasillo.

En rumor con patas.

En ese caso que alguien cuenta sin nombres, pero donde todo el mundo sabe de quién está hablando.

Y así ocurre algo bastante absurdo.

Tenemos profesionales que enseñan a otros a reconocer y expresar sus emociones…

que pueden pasar años sin disponer de un espacio donde expresar las suyas.

Tiene bastante ironía.

Y bastante coste.

El coste tiene un nombre

Soledad profesional.

Y lo complicado de la soledad profesional es que no siempre parece soledad.

A veces parece independencia.

Parece madurez.

Parece «yo puedo con esto».

Parece no necesitar a nadie.

Hasta que llevas tanto tiempo sosteniendo a los demás que empiezas a pensar que sostenerte tú solo forma parte del trabajo.

Y quizá haya una pregunta incómoda que merezca la pena hacerse:

¿Y si llevo años llamando profesionalidad a algo que, en realidad, es aislamiento?

La ciencia lleva tiempo advirtiendo: sostener a otro mientras tú también necesitas ser sostenido tiene un límite. 

Por eso, queremos  devolverte algo que muchos profesionales han perdido sin darse cuenta.

Un espacio donde puedas expresarte en voz alta sin miedo a ser juzgado.

Donde un caso difícil o tus emociones  no se conviertan en un rumor.

Donde puedas dejar de ser “la terapeuta” durante un rato… para volver a ser simplemente una persona.

Porque la vida, en algún momento, a todos nos atropella.

La cuestión no es si necesitarás ayuda. La cuestión es si tendrás un lugar lo bastante seguro para pedirla. 

A veces el autocuidado profesional no consiste en descansar.

Consiste en dejar de esconderte.

Y, por supuesto, aquí no te vas a encontrar a la vieja del visillo.

La hemos mandado a Radio Patio de Verano.

Tiene programación hasta septiembre.

Scroll al inicio