El burnout no es vocación. Aunque la vida de consulta a veces parezca opinar lo contrario.
Hay profesionales sanitarios que pueden identificar un soplo cardíaco.
Pero no recuerdan la última vez que comieron sentados.
Personas que regulan ataques de ansiedad ajenos mientras su sistema nervioso lleva años bailando jotas en silencio.
Capaces de sostener conversaciones dificilísimas después de cuatro horas de sueño, media barrita de cereales y una hidratación que podría considerarse sequía.
¿Te suena, mi querida criaturilla terapéutica?
Y todavía hay quien llama a eso “vocación”.
Como si la vocación incluyera deteriorarte lentamente.
Hemos normalizado cosas bastante delirantes
Creo sinceramente que hemos normalizado cosas bastante delirantes dentro del ámbito sanitario y terapéutico.
Y una de ellas es pensar que el bienestar del profesional pertenece al ámbito “personal”.
Como si tu sistema nervioso no entrara contigo en consulta.
Como si el cuerpo desde el que acompañas no afectara al vínculo, a la escucha o a la claridad clínica.
Como si pudieras separar a la persona del profesional igual que separas los calcetines blancos de los de color.
No funciona así.
Porque acompañamos desde quienes somos.
Desde nuestro estado fisiológico.
Desde nuestra capacidad de regulación.
Desde nuestra presencia.
Y también desde nuestro cansancio.
El cuerpo con el que cuidas también forma parte de la consulta
A veces hablamos del desgaste profesional como si fuera un problema privado.
Algo que ocurre puertas adentro.
Algo que cada uno debe resolver en casa, durante el fin de semana o, con suerte, en vacaciones.
Pero el cuerpo con el que cuidas también forma parte de la consulta.
Tu atención forma parte de la consulta.
Tu capacidad para escuchar forma parte de la consulta.
Tu regulación emocional forma parte de la consulta.
Y cuando llevas demasiado tiempo funcionando en modo supervivencia, eso también entra contigo.
No porque seas peor profesional.
Sino porque eres humano.
No existe regulación emocional colectiva cuando vivimos en modo supervivencia
Hace poco leía una reflexión de Rosa Montero sobre cómo “la joya de nuestra corona”, la sanidad pública, está en peligro.
Y mientras la leía pensaba:
normal.
Porque es imposible sostener sistemas humanos con personas permanentemente agotadas.
No existe regulación emocional colectiva cuando individualmente vivimos en modo supervivencia con café intravenoso y mandíbula apretada.
No existe cuidado de calidad cuando quienes cuidan funcionan siempre al límite.
Y no existe sostenibilidad cuando confundimos compromiso con sacrificio permanente.
Hablar de autocuidado no es hablar de lujo
Es hablar de sostenibilidad profesional.
De presencia clínica.
De calidad humana en la atención.
De la posibilidad de seguir cuidando dentro de diez años sin dejarte la salud por el camino.
Porque cuidar de quien cuida no es un capricho.
Es una necesidad del sistema.
Y precisamente sobre esto va una de las ideas centrales de la próxima ponencia que compartiré dentro de muy poquito.
Seguimos formando profesionales para resistir.
Quizá ha llegado el momento de empezar a darles herramientas para sostenerse mientras nos cuidan.
Porque el bienestar del profesional no es un lujo.
Es una variable clínica.
